Sentados en el sofá de su departamento, Ana y Marcos conversan sobre la boda que están planeando desde hace meses. Sobre la mesa hay revistas, una libreta llena de anotaciones y dos tazas de café que se han enfriado. Ella habla con entusiasmo del vestido que vio la semana pasada y de las flores que imagina para la iglesia. Él la escucha con una sonrisa tranquila mientras revisa el presupuesto y hace cálculos rápidos.
La conversación avanza entre recuerdos y planes. Marcos propone invitar a los amigos de la universidad y organizar una reunión sencilla después de la ceremonia. Ana sueña con una fiesta, con música en vivo y con bailando hasta la madrugada. A veces no están de acuerdo en cada detalle, pero saben que lo importante no es la perfección del evento, sino el significado que tiene para ellos.
Hablan también de los nervios que sienten al pensar en ese día especial. Se preguntan cómo será caminar juntos hacia el altar y mirarse frente a sus familias. Entre risas imaginan las anécdotas que contarán en el futuro y las fotografías que quedarán como recuerdo.
Mientras cae la noche, la pareja comprende que la boda es solo el comienzo de una nueva etapa. Más allá de la lista de invitados y de los preparativos, lo que realmente celebran es su decisión de compartir la vida. Se toman de las manos y continúan conversando, seguros de que cada palabra los acerca un poco más al sueño que pronto harán realidad.